Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 26 de marzo de 2018

Jesús, “Dios salva”


Matta el Meskin


“Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse. Mientras yo voy, otro desciende antes.” (Juan 5,7)

La respuesta del paralítico proviene de la realidad cotidiana. Es como si le dijese: “La voluntad está, Señor, pero no encuentro la fuerza para realizar lo que quiero”. Es una respuesta extraordinaria que movió al Señor a la ternura. La desilusión de este inválido no se refería a la propia voluntad que había utilizado miles de veces, sino a los hijos de los hombres que no le habían jamás hecho misericordia. “Señor, ¿puedes hacerme tú misericordia?” “El hermano no ofrecerá a nadie la redención” (Sal 49,8)… Este hombre logró mover la compasión del Señor. ¿No es de él en persona que habla Isaías: “Él ha visto que no había nadie, se ha maravillado porque nadie intercedía” (Is 59,16)? Cuando las entrañas del Señor se han movido “lo ha socorrido con su brazo, su justicia lo ha sostenido, él se ha revestido de justicia como de una coraza y sobre su cabeza se ha puesto el casco de la salvación” (Is 59, 17). Cristo mirando al paralítico es como si hubiese visto a todo el pueblo, a todo ser humano. Y ha dicho, como si hablase desde la cruz: “Levántate, toma tu camilla y camina” (Jn 5,8).

San Juan dice al inicio del relato: “Jesús salió a Jerusalén”. He aquí al Redentor llegar a Sión. Así lo ve Isaías, siglos antes: “Un redentor vendrá a Sión… Levántate, revístete de luz, porque viene tu luz, la gloria del Señor brilla sobre ti” (Is 59, 20; 60,1). No es más necesario esperar en la piscina de Betsaida (“la casa de la misericordia”) de los cincos pórticos, ni en las aguas movidas por los ángeles, sino en la fuente de misericordia eterna que brota gratuitamente sin intermediarios ni condiciones. Es suficiente una palabra salida del Señor para dar vida al paralítico. Ésta ha reforzado los músculos de su cuerpo deshecho, ha restaurado la elasticidad a sus músculos atrofiados en los cuales ha penetrado el poder de Dios  que los ha hecho más fuerte que antes. Su espalda curvada bajo el peso de largos años se ha enderezado y como un joven que hace gala de su fuerza ha levantado el peso de su estera.

Su pasado triste se ha vuelto historia y testimonio. Esta es la condición de todos los que creen y ponen su fe [1] en la palabra de Cristo. San Juan no ha afirmado que el paralítico ha puesto su fe en la Palabra. ¡No sabía ni siquiera quién le hablaba! Pero se trata de la “palabra” salida de la boca de Cristo, el Verbo. Ponga atención el lector en el poder de la “palabra” en sí misma: amonesta al pecado y lo borra, reprende a la enfermedad y le anula su prepotencia. Cristo ha afirmado: “Las palabras que yo os digo son espíritu y vida” (Jn 6,63). Si las palabras de Cristo tienen tal poder, ¿cómo no la hacemos habitar en nuestros corazones? ¿Qué le impide obrar dentro de nosotros? La palabra de Cristo realiza su obra y no tiene necesidad más que de alguien que la “escuche” y de ella sienta necesidad.

Cristo ha realizado este acto único en su género, la curación de un paralítico que no sabía ni siquiera quién le hablaba, para demostrar que la revelación de sí mismo era sincera: “En verdad, en verdad os digo : llega la hora –y es esta- en la cual los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y aquellos que la escuchen, vivirán” (Jn 5,25). El paralítico es el modelo para los “muertos [por el pecado]” que viven la propia muerte y no quieren la vida: en cuanto ha escuchado la voz de Cristo se ha levantado, ha tomado su camilla y se ha ido.

Mira, lector, con qué precisión estructurada y extraordinariamente sabia san Juan ofrece los elementos del relato de la curación del paralítico. Estos son los elementos mismos del profundo debate teológico que Cristo habría tenido un poco más adelante con los judíos siendo aquel que “da la vida a quien quiere” (cf. Jn 5,21). Todos los que escuchan su voz viven, incluso siendo también habitantes de las tumbas (Jn 5,28). No se trata, por tanto, de un simple relato de curación o de uno de los tantos extraordinarios milagros de Cristo. Es la historia de la salvación escrita en su sentido profundo. Si se presta bien atención se notará que san Juan, de manera inusual para él, no habla de “signo”.

Además, en este relato, es el Señor el que toma la iniciativa dando la curación con una orden: “levántate, toma, camina”. El inválido le obedeció como si se abandonase a una acción que, penetrándolo en su ser, lo ha renovado sin que hubiese de su parte una interacción consciente precedente.  Él ha sido curado inmediatamente sin tomar medidas secundarias como el ir a lavarse a la piscina u otras. El Señor, pues, no le ha impuesto ninguna condición. Así es la salvación: gratuita absolutamente, iniciativa tomada por Dios en la persona de Jesucristo. Somos todos ese paralítico, si queremos comprender y hacer nuestra la redención y si estamos dispuestos a acogerla libremente. Nosotros hemos acogido esta redención mientras éramos aún pecadores, paralíticos, humillados por la prepotencia del pecado. La eficacia de la redención está en nosotros y no debemos hacer otra cosa –si somos inteligentes- que tomar nuestra camilla e ir a proclamar la buena noticia, a anunciar a aquel que nos ha hecho este gran bien. Y no pecaremos más, sino anunciaremos a aquel que nos ha invitado a vivir en su luz maravillosa (cf. 1 Pe 2,9).


Matta el Meskin
Ritrovare la strada.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Magnano 2017. Pp. 193-196.

Descargar artículo

Nota:

[1] Los términos usados saddaqa y amina significan ambos  “creer”. Mientras el primero es un creer racional ligado a la sinceridad de una afirmación (sidq, del cual también sadaqa, “amistad”), el segundo término está ligado a iman, “fe” (cf. Ebr.: emunah) e indica el creer como actitud de confianza puesta en alguien o algo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario