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jueves, 29 de marzo de 2018

La ascesis como camino para aprender el amor y la humildad



Matta el Meskin


La vida ascética es, al mismo tiempo, una realidad activa y pasiva: hay cosas que obtenemos mediante el esfuerzo y cosas que obtenemos sin esfuerzo. Lo que obtenemos con esfuerzo es una adquisición de la voluntad; lo que obtenemos sin esfuerzo es un don de Dios por gracia. Toda virtud tiene un umbral activo en el cual nos debemos parar y uno pasivo desde el cual debemos iniciar.

El amor, por ejemplo, podemos practicarlo y realizar las obligaciones hacia los hombres y hacia Dios sin obstáculos de ninguna clase y sin ninguna ayuda por parte de los hombres. En cualquier momento que queremos realizar un acto de amor podemos hacerlo con la sola voluntad. Sin embargo, con toda la buena voluntad y la abnegación que podemos tener, llegaremos siempre a un punto en el cual nuestro amor está obligado a pararse. Este punto está ligado a las potencialidades limitadas del hombre que, con la intrusión de muchas fragilidades indirectas, limitarán el impulso del amor. Hasta este umbral, el amor aparece siempre como fruto de un esfuerzo personal, ciertamente apreciable, pero indiscutiblemente se trata de un amor imperfecto. Pero la gracia, que no deja jamás de obrar en nuestro corazón voluntarioso, no nos hace detener en ese umbral. Cuando, en efecto, acogemos en nosotros al Espíritu de amor inmediatamente el valor, el calor y la abundancia del amor en el corazón crecen desmedidamente. Todos los recursos bloqueados y las energías inactivas en nosotros son encauzados para servir al amor y parecemos transportados por una fuerza irresistible a amar ilimitadamente e incondicionalmente, de una manera tal que a los otros les es evidente que obramos bajo el efecto de la acción extraordinaria de Dios y que un gran poder divino está obrando en nosotros. Llegamos a un punto tal en el cual no existe más ninguna enemistad que pueda limitar nuestro amor por los otros.

Si después volvemos al umbral de la acción positiva del amor, es decir a la acción que se basa en el esfuerzo voluntario, nos damos cuenta que en ese punto nuestro sentir, que carece de la acción de la gracia, es totalmente imperfecto e inadecuado a las exigencias del amor de los hijos. ¡Es más, es inadecuado incluso para los esclavos! Si, en cambio, el Espíritu del amor se derrama en nuestros corazones, entonces nos sentimos hijos: nuestro corazón arde, está subyugado y siente una increíble proximidad a Dios.

Lo mismo vale para la humildad. El esfuerzo humano puede llegar al máximo a no hacernos sentir nada, a no darnos cuenta de nosotros mismos y a estimarnos de ser menos que todos. En realidad, sabemos que no estamos realmente contentos y tampoco los otros están contentos con nosotros. En el fondo, estamos un poco afectados por el despojarnos de nuestra humanidad. Esto es debido al hecho que nuestra lucha está privada de la acción de la gracia. Pero en cuanto la gracia comienza a actuar en nuestro corazón y Dios nos da el espíritu de humildad, con su Espíritu Santo, sentimos rápidamente poseer algo nuevo: la belleza de la humildad comienza a resplandecer en nosotros y nos hace más humanos, incluso más que humanos. Los otros perciben que es Dios el que habla y obra en nosotros. Es sólo así que nuestra humildad se vuelve atractiva para los otros porque revela a Dios que nos inhabita.

Pero, ¿Dónde termina el esfuerzo personal y dónde comienza la acción de la gracia? ¿Cuál de las dos comienza a actuar primero: la voluntad o la gracia? ¿Cuál de las dos es más eficaz? Aquí entramos en una polémica teológica de la cual la vida ascética ha sufrido grandemente sin conseguir ninguna ventaja. El hereje Pelagio, que consideró esta cuestión a simple vista y profanamente, llegó al extremo de afirmar que no existe más que el esfuerzo humano, superando así los límites de la fe. Agustín de Hipona se le opuso de una forma excesiva. Absolutizando la cuestión, Agustín considera que el esfuerzo humano no tiene ningún valor porque el hombre vive, se mueve y existe en Dios (cf. Hechos 17,28). Por tanto, a fin de cuentas, cuenta sólo la gracia.  Juan Casiano, en cambio, adoptó el camino medio refiriéndose a las enseñanzas de algunos santos monjes de Nitria y dijo que el hombre comienza con el esfuerzo personal pero que luego la gracia suple. Pero esta visión ha sido considerada equivocada porque buscaba salvar una y otra postura.

Finalmente, la patrística ha preferido un término particular, ya utilizado por Clemente de Alejandría [1], que ponía juntos de modo inseparable el efecto del esfuerzo personal y la acción de la gracia: sinergía. La sinergía consiste justamente en una obra armónica, en una acción concorde.

Tanto el esfuerzo como la acción de la gracia tienen la libertad de empezar algo o de completarlo, permaneciendo inseparables. Existe también una imagen que explica bien la acción del esfuerzo y de la gracia. La vida ascética es comparada a un marino que se esfuerza a través del mar teniendo a su disposición dos remos y una vela: a veces rema y a veces iza la vela para aprovechar los vientos a favor. Así, con los remos de la voluntad y el viento de la gracia, nuestra barca avanza hasta llegar al puerto deseado.


Matta el Meskin
Ritrovare la strada
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano 2017. Pp. 203-206

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Notas:

[1] Cf. R. Williams, The Wound of Knowledge, London 1990, pp. 24-39; W. Jaeger, Two Rediscovered Works of Ancient Christian Literature: Gregory of Nyssa and Macarius, Leiden 1954, pp. 85-109.




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