Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 23 de marzo de 2018

Matta el Meskin. Un padre del desierto contemporáneo


  
Prefacio

Enzo Bianchi


La frecuentación con la sequentia sancti evangelii, con aquel pasaje del evangelio que ha sido la vida del abba Matta el Meskin en la compañía de los hombres, tiene un origen bastante lejano en el tiempo. En pleno otoño de 1969, cuando el embrión de la Comunidad monástica de Bose contaba apenas con cuatro hermanos y una hermana, descubrí un texto del abba Matta traducido al francés y todavía no publicado en italiano: “La unidad cristiana” [1]. Quedé fulminado por la lucidez profética de aquellas palabras y quise traducirlo y publicarlo en Italia en una pequeña revista, “Carta ’70”, que recogía las reflexiones espirituales de algunos cristianos de distintas confesiones estimulados por el “nuevo pentecostés” del Concilio Vaticano II. Salió en el número de febrero de 1970 con el título “¿Ecumenismo o coalición?” [2].

Pocos años después, a mitad de los años setenta, tuve la alegría de visitar por primera vez el Monasterio de San Macario en Wadi al-Natrun y de encontrar allí al traductor de la edición francesa, el abba Wadid, un ingeniero católico que, deseoso de abrazar la vida monástica y no encontrando la posibilidad de hacerlo en el interior de la iglesia copta-católica, fue acogido en San Macario con pleno respeto de su identidad confesional, hasta convertirse en uno de los monjes más cercanos al corazón de Matta el Meskin. Recientemente supe que justamente la traducción en francés de aquel texto sobre la unidad de los cristianos había sido el origen del primer encuentro entre Wadid y abba Matta el Meskin en Wadi al-Rayyan…

Cuando llegué a San Macario, eran intensos los trabajos de reconstrucción. Matta el Meskin, después de haber dirigido personalmente el proyecto, la formulación y la ejecución de las intervenciones principales, vivía ya apartado, dedicándose únicamente a la oración y a la paternidad espiritual en relación a sus monjes. A quien, como yo, pedía verlo, le hacía responder que su persona no era importante y que sólo el encuentro con el Señor era lo fundamental para todo cristiano y para todo monje. Pero su palabra llegaba a través de lo vivido por sus monjes –parábola viviente de lo que significa el discipulado cristiano en la vida monástica- y para mí en particular gracias a los diálogos fraternos con el hermano Wadid, hombre de paz y de acogida, capaz en ese tiempo como hoy de transmitir a cuantos se acercaban la intensa búsqueda de la comunión en el amor que ardía  en él como ardía en su padre espiritual.

Desde aquel primer encuentro, tanto yo como varios de mis hermanos hemos vuelto muchas veces a Dayr anba Maqar, para relacionarnos con un testimonio monástico que nos lleva a lo esencial de nuestra vocación, para saciarnos en las fuentes del monaquismo cristiano -no nos olvidemos que en aquellos mismos lugares los monjes están presentes ininterrumpidamente desde el siglo IV-  y para intentar descifrar junto a otros hermanos en la fe “lo que el Espíritu Santo dice a las iglesias”.

Todo esto, hasta el don inesperado e inmerecido que la bondad del Señor ha querido hacernos a finales del 2015: la participación de anba Epifhanius aquí en Bose, en el mes de septiembre, en el Convenio anual de espiritualidad ortodoxa dedicado a la bienaventuranza de los misericordiosos, su vivir, moverse y hablar en medio nuestro como un hermano en la fe y un padre en la vida monástica. Luego en el mes de diciembre en Egipto, a cincuenta años exactos de llegada a Bose, un evento de gracia que superó toda nuestra expectativa: nuestro novicio copto recibió con la bendición del patriarca Tawadros el hábito monástico de las manos de anba Epiphanius y fue entonces sellado un auténtico vínculo espiritual entre nuestros dos monasterios.

De los encuentros fraternos con los monjes de San Macario ha emergido siempre en toda su transparencia una vida que tiene como fundamento el alimento cotidiano de la Palabra de Dios, único alimento que sostiene la esperanza del Reino de Dios. Me confió una vez un monje:

Cuando pedí a Matta el Meskin que me enseñara a rezar, el abba me dijo que le diera mi Biblia. Abrió el libro, buscó el inicio de la Carta a los Efesios, se levantó, alzó los ojos al cielo, leyó en voz alta el primer versículo, calló, repitió dos veces cada palabra, luego releyó todo desde el principio. Pasó al siguiente versículo, alzó la voz, suplicó a Dios que lo perdonara, cantó el versículo, lo repitió en voz baja, alzó las manos, lloró… E hizo así hasta el final del capítulo. ¡Se había completamente olvidado de mi presencia junto a él! [3]

A un periodista que le preguntaba sobre los orígenes del propio camino monástico, abba Matta el Meskin, respondía:

Mi vida es una relación profunda entre Dios y yo. Comencé solo. El objetivo fue el de ofrecer mi vida al Señor: esto lo entendí y decidí gracias a una lectura continua de la Biblia. Antiguo y Nuevo Testamento me han concedido construir mi vida sobre un fundamento sólido. Me pregunté: ¿Cómo podré dar mi vida al Señor en estos pocos años que tengo por vivir? ¿Cómo podré realizar en mi existencia lo que han vivido las personas de la Biblia? Pensé que mi vida era muy breve para poder asimilar este libro. Entonces he intentado, en la oración  y con muchas lágrimas, de entender  a estos hombres del Antiguo Testamento y, poco a poco, se me han hecho familiares: me he adaptado a ellos, y ahora ellos viven en mí y yo en ellos. Como ellos vivieron sus relaciones con Dios, así también yo lo vivo hoy. En los libros del Antiguo Testamento experimenté el amor de Dios, su severidad, su pedagogía, su bondad. Día y noche he leído la Biblia, hasta que se convirtiese en mi propia carne y sangre. Luego pasé al Nuevo Testamento, que ha sido para mí un libro luminoso. Entendí que el Señor es la luz del día y Cristo la estrella de la paz. Antiguo y Nuevo Testamento me unieron a Dios: mi vida, mi pensar, mi amar no es otro que la Sagrada Escritura. El resto no me interesa más. [4]

Pero la Escritura llega a través de la tradición y es por eso que –junto a ella- los dicho de los Padres del desierto y las obras de los Padres de la Iglesia son para los monjes de Escete alimento cotidiano en la lectura, en el estudio, en la contemplación. Así acostumbraba a decir abba Matta:

Cuando leemos un apotegma, en nosotros debe suceder esto: primero el Espíritu nos convence que la experiencia de ellos es verdadera, luego debemos luchar para hacer nuestra sus experiencias, perseverando en la lucha hasta la muerte, es decir, dispuestos a morir para permanecer fieles al mandamiento que el Espíritu nos ha dado. Morir para poner en práctica en el Espíritu un mandamiento del Señor: esto es el verdadero martirio. Pero aquel que está dispuesto a morir será salvado por el Señor y no morirá, porque el Señor mismo ha muerto por nosotros. Si el monje, antes incluso de recibir el hábito, está dispuesto a permanecer incondicionalmente fiel, hasta la muerte, si no tiene temor de la muerte, entonces su vida monástica será exitosa. Pero si teme por su cuerpo, si rehúsa correr riesgos, entonces su vida monástica será muy penosa. Peor aún: será bastante difícil para él ser transformado por el Espíritu en un hombre nuevo. [5]

Es en esta misma óptica de muerte y resurrección que abba Matta el Meskin ubicaba también su esfuerzo cotidiano de conformarse a la voluntad del Señor que, en la vigilia de la pasión, oró al Padre para que sus discípulos fuesen “una sola cosa”. Ardiente promotor de una unidad de los cristianos fundada no sobre el impulso afectivo o sobre la tendencia oportunista a la coalición, sino sobre la fuerza de la debilidad –como bien demuestra aquel profético escrito de finales de los años sesenta- el padre Matta Meskin no se ha cansado jamás de buscar caminos de paz y de comunión que encuentren su origen en el sometimiento a la voluntad de Dios. Aún en mi última visita a San Macario al comienzo de este siglo, sabiendo del empeoramiento de las condiciones de salud de abba Matta, pregunté si lo podía ver. El Hermano Wadid volvió a mí con su habitual rostro radiante y me dijo que el padre me saludaba con afecto y me invitaba también esta vez a lo esencial: permanecer firmemente apegado a Jesucristo y a su Palabra.

Así, en esta solidez de la fe y en esta esperanza de la resurrección, deseo recordar a Matta el Meskin que ahora reposa allí donde su corazón ha deseado siempre estar: en la paz de Dios. Una paz de la cual el “jardín” de San Macario es anticipación y promesa.

Y es con un augurio de paz que estoy complacido de ofrecer estas páginas que expresan la búsqueda de la voluntad de Dios y de la unidad de los discípulos de Cristo que abba Matta el Meskin ha sabido suscitar en tantos discípulos y lectores. Juntos, estos textos no se limitan a esbozar una historia de radical seguimiento del Señor sino que se vuelven un llamado apremiante a trabajar juntos, cristianos de todas las confesiones, para escuchar y poner en práctica el mandamiento nuevo del amor.


Enzo Bianchi
Prior de Bose
Bose, 17 de enero de 2017
San Antonio abad.

AA.VV.
Matta el Meskin. Un padre del desierto contemporáneo.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. Magnano 2017.

Notas:

[1] Matta el Meskin, “L’ unité chrétienne”, Vers l’unité chrétienne. Bulletin catholique 22/5 (1969), pp. 54-58.

[2] Cf. Id., “Ecumenismo o coalizione?”, en Lettera’70 4 (febbraio 1970), pp 12-14.

[3] Cf. E. Bianchi, “Matta el Meskin, un padre del deserto”, in CA, p. 10

[4] Cf. Ibid., pp. 8-9

[5] Cf. Ibid., pp. 10-11



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