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domingo, 29 de abril de 2018

La Eucaristía: alimento del hombre nuevo.



Matta el Meskín


Con gran claridad, Cristo ha manifestado la existencia de este nuevo alimento espiritual ofrecido al hombre nuevo creado según Dios en la santidad y en la justicia de la verdad, a fin que él viva y su vida dure eternamente, a diferencia del alimento material que el hombre viejo consume y muere.

He aquí las afirmaciones inequívocas de Cristo sobre este tema:

“En verdad, en verdad os digo: quien cree en mí tiene vida eterna.

Yo soy el pan de vida. Vuestros padres han comido el mana en el desierto y están muertos. Éste es el pan que desciende del cielo, para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá eternamente.

El pan que yo daré es mi carne (que daré) para la vida del mundo.” (Juan 6, 47-51)

Con estas palabras Cristo afirma las siguientes verdades:

1. Aquel que cree en Cristo recibe la vida eterna. Esta verdad ha sido ya afirmada en el Evangelio según San Juan: “En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree a aquel que me ha enviado, tiene vida eterna y no está sometido al juicio sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 5,24). Tal es realmente la condición del hombre nuevo que ha escuchado la buena noticia, ha creído y se ha hecho bautizar en Cristo. A causa de esto, ha nacido de nuevo, del agua y del Espíritu y se ha vuelto digno de entrar al Reino de Dios, según la palabra del Señor a Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo, si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar al reino de Dios. Aquel que ha nacido de la carne es carne y aquel que ha nacido del Espíritu, es Espíritu” (Juan  3, 5-6).

2. Cristo se presenta pues como pan vivo, nuevo, descendido del cielo a fin de que se coma y no se muera, sino se viva para siempre, aunque nos suceda de morir físicamente. Es evidente que el que se alimenta de Cristo es el hombre nuevo recreado “de lo alto”, “del agua y del Espíritu”, este hombre nuevo que Cristo ha creado en sí mismo con su resurrección de los muertos y que nos ha transmitido por medio de la fe y del bautismo.

3. Cristo precisa luego con gran claridad en qué consiste este pan que él dará en alimento al hombre nuevo para que viva para siempre: el alimento espiritual del hombre nuevo será su cuerpo dado “para la vida del mundo”. Esta última expresión encierra un significado escondido de gran transparencia: Cristo deberá ofrecer al Padre su propio cuerpo en sacrificio santo y viviente sobre la cruz para la salvación del mundo. Y para que este sacrificio santo y viviente sea eficaz en el hombre y les de la salvación  y la remisión, la vida y la justicia, el hombre deberá necesariamente comer de él para beneficiarse de su eficacia divina, mística y sobrenatural. Para dar a cada hombre la ocasión y el derecho de comer, en todo tiempo y en todo lugar, Cristo instituyó la tarde del Jueves santo, durante la comida pascual que tomaba con sus discípulos, el rito de inmolación del propio cuerpo: tomando el pan común, dio gracias, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos como cuerpo partido sobre la cruz en el día del Viernes. En efecto lo definió con estas palabras misteriosas e impresionantes: “este es mi cuerpo partido por vosotros (sobre la cruz). Comed de él todos.” Luego, después de la comida, tomó la cuarta copa del rito pascual, con vino y agua mesclados, dio gracias, pronunció la bendición y la dio a sus discípulos diciendo: “Esta es mi sangre derramada por vosotros (sobre la cruz). Bebed de ella todos”.

De tal modo, por una escondida eficacia divina que obra sobre el pan y sobre el vino, Cristo ha actualizado la presencia mística y divina de su cuerpo auténtico, inmolado sobre la cruz, y de la sangre que fue derramada.

Con esta misma eficacia escondida y divina, ha actualizado por tanto el sacrificio pascual de su cuerpo por medio del pan y del vino. Así, quien coma de este pan pascual y místico y beba de este vino pascual y místico, come místicamente a Cristo mismo como sacrificio pascual, ofrecido al Padre por la remisión de los pecados y la vida eterna de quien lo reciba.

Para elevar el acto de recibir su cuerpo y su sangre a nivel de una alianza eterna entre nosotros y él, Cristo dice esta frase breve pero cuyo sentido es evidente: “Quien coma mi carne y beba mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” (Juan 6, 54).  Y para impedir que se piense que quien lo recibe come del pan común y bebe del vino común, agrega: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Juan 6, 55). Esta palabra tiene un profundo significado. Cristo distingue entre el hecho de comer del pan común y beber del vino común y el hecho de comer su cuerpo divino y beber su sangre divina. El pan eucarístico transformado en cuerpo de Cristo contiene toda la potencia de vida de la carne vivificante del Verbo. No es más un alimento simple que el hombre ingiere en su cuerpo y muere, sino un alimento “verdadero”. Es “verdadero” lo que no cambia y no pasa. Ahora, solo Dios no cambia y no pasa. Esto significa que aquel que coma el cuerpo y beba la sangre que subsiste por una eficacia divina en el pan sacramental partido y en el vino mezclado, “come y bebe la Verdad”. Esta expresión encierra el significado profundamente místico de “asimilar”, por así decirlo, la divinidad de Cristo que se encuentra en el cuerpo eucarístico y en su sangre para la remisión de los pecados y la vida eterna. Es lo que Cristo explicita luego de modo admirable: “Aquel que coma de mí vivirá por mí” (Juan 6, 57). Que se relaciona a lo que dice Pablo: “No soy yo más quien vive, sino Cristo el que vive en mí” (Gal 2, 20).

Así, Cristo ha establecido con una alianza eterna que quien coma de este pan pascual partido y beba de este vino pascual mezclado, habrá comido a Cristo mismo en su calidad de sacrificio pascual inmolado sobre la cruz y vuelto garante de la salvación del hombre para la remisión de sus pecados y la vida eterna. Por esto el Jueves santo es llamado “Jueves de la alianza”, de aquella alianza nueva de la cual Cristo ha dicho abiertamente: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc 22,20).

Del mismo modo, Cristo ha revelado la eficacia mística del acto de recibir su cuerpo y su sangre con estas palabras: “Quien coma mi carne y beba mi sangre permanece en mí y yo en él” (Juan 6,56). Esta mutua compenetración con Cristo mediante la comunión de su cuerpo y de su sangre es el fundamento de lo que es llamado la unión mística y que Juan  expresa en estos términos: “Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo” (1 Juan 1,3). Y Cristo: “Yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (Juan 14,20). “Que todos sean uno, como tú Padre estás en mí y yo en ti, también ellos en nosotros sean una sola cosa”. Y también: “Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad” (Juan 17,23).

De allí deriva por tanto que la esencia de la nueva alianza consiste en este nuevo alimento espiritual que Cristo nos ha hecho descender del cielo, como pan vivo y divino, en su cuerpo, para el alimento del hombre nuevo, a fin de que éste viva y su vida dure eternamente. Por esto, nosotros que hemos comido el cuerpo y bebido la sangre hemos entrados en la plenitud de la nueva alianza que Dios ha realizado con nosotros mediante la sangre de su Hijo único, que él nos ha dado de beber. El Hijo ha penetrado en la profundidad de nuestro ser y nosotros, por nuestra parte, nos encontramos profundamente insertos en él. Unidos a él, aparecemos delante del Padre dignos de ser sus hijos y de compartir la herencia del Hijo único.

La eucaristía, este alimento “verdadero” del hombre nuevo, nos ha pues trasladado de la tierra al cielo, de la condición de creatura sacada del polvo, como uno de los animales que circundan la tierra, a la condición celestial de un ser espiritual digno de comparecer ante Dios, en la justicia y en la santidad, en alabanza y gloria de su gracia, la cual nos ha donado en el Predilecto. Todo esto en respuesta al beneplácito de la voluntad del Padre.

Matta el Meskin.
Il cristiano: nuova creatura
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano, 1999. Pp. 77-81





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