Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 6 de mayo de 2018

En sintonía con el hombre nuevo


P. Matta el Meskin


Despertar

Señor, ¿cómo he podido perderte de vista en todos estos años, mientras tú estabas en mí, en el hombre nuevo, el cual me has donado?

¿Cómo he podido vivir mi muerte? ¿Alejarse de ti no es pues alejarse de la vida?

He vivido mi muerte, ignorando la vida que estaba en mí, que palpitaba en el corazón nuevo que tú me has donado.

Desde el momento que he entregado mi pensamiento a los hombres y a las cosas de este mundo, te he perdido de vista, mientras tú estabas en mi corazón. He olvidado tu palabra: “Hijo mío, dame tu corazón y tus ojos estén atentos a mis caminos” [1] (Prov 23,26).

Hasta el día en el que he comprendido que aquí, en mi corazón, la luz de tu rostro ilumina al hombre nuevo, el cual me has donado.

Para Moisés el deseo supremo era que tu rostro le precediese. ¡Qué gracia inaudita haber inscripto en nuestro ser tu rostro, que nos inunda con su luz!

Tú has dicho: “Quien vive y cree en mí no morirá jamás” (Juan 11,26). He comprendido que, en mí, tú eres la Vida. Ahora, es por ti que yo vivo. ¿Cómo podría acercarse a mí la muerte? Incluso en tal caso, permanecería aquello que soy, un viviente por ti. ¿Qué cosa podría la muerte contra mí?

En el hombre nuevo del cual me has hecho don, que has creado por mí en el día de tu resurrección y que has depositado en mí en el día de mi bautismo, justamente allí he encontrado mi resurrección. En los latidos de su corazón he descubierto los del tuyo. En él he reconocido la luz de tu rostro.

¿Quién pues podría separarme de ti? ¿Quién podría arrancar mi corazón del tuyo, apagar en mi rostro la luz de tu rostro o separar mi vida de la tuya?

Si la muerte se me acercase, me burlaría de ella, porque estoy ya aferrado a la vida eterna, cuando tú me has aferrado.

Y si la muerte llega a destruir en mí al hombre exterior, con el hombre interior yo la he ya vencido, junto a ti, en el día de tu resurrección.

Y si yo pierdo las fuerzas y los años me curvan la espalda, tu resurrección me alza la cabeza y mi espíritu toca el cielo.

¡Si yo llevo en mi corazón al hombre nuevo, eres tú quien me llevas!


¿Cómo ponerse en sintonía con el hombre nuevo?

Es un poco como aprender a “ser perfecto”, según la palabra del Señor a Abraham, al inicio de su relación con Dios: “Camina ante mí y sé perfecto” [2](Gen 17,1). He aquí el primer precepto del Señor, la primera orden, lo que el hombre debe escuchar y observar antes que cualquier otra cosa, porque en esto reside su vida. Cuando comienza a corregirse a sí mismo de las obscenas costumbres del pasado, la vehemencia de la juventud, cuando se abstiene de las actitudes pueriles y aprende cómo hablar con sabiduría, cómo reflexionar y cómo decidir con perspicacia, cómo tener opiniones justas y comportamientos pertinentes, cuando se es serio en las propias decisiones, rectos en las propias intenciones, bien determinados delante de Dios a no mirar jamás para atrás, se comienza a sentir el sostén y el coraje de una fuerza celestial que nos impulsa hacia adelante y hacia lo alto. Se piensa entonces que el cielo se ha dignado a venir en nuestra ayuda.

Pero la realidad sorprendente es que esta ayuda y esta fuerza nos vienen desde el interior, del corazón, del hombre nuevo que ha encontrado en nuestro camino hacia él la ocasión para manifestarse, o más bien para manifestar a Cristo que está en él.

Viendo esta transformación y este progreso en una persona, los otros creen en un primer momento que se trata de presunción o afectación. Luego, asombrados por su sabiduría, lo toman por un hombre superior, por un superhombre. Pero él, en realidad, no ha hecho nada más que descubrir en su mismo ser, un ser creado a imagen de Dios en la justicia y en la santidad de la verdad. Y este ser interior ha reflejado sus dones sobre lo exterior, confiriéndole una impronta que no es de nuestra naturaleza.

Las cualidades del hombre nuevo inherentes a su naturaleza regenerada son todas celestiales. Si se les da la ocasión de existir y de desplegarse, elevan al hombre indefectiblemente más allá de la naturaleza humana.  

Ellas son de por sí capaces de intimidar al hombre viejo, obligándolo a retroceder y a dejar libre el campo al hombre nuevo, para que éste ejercite el propio derecho natural de manifestar al Espíritu que está en él. Con el retroceder del hombre viejo y la limitación de su actividad en límites más estrechos, sus pasiones se apagan, su insolencia se desvanece y esto se vuelve evidente tanto al mismo hombre como a los otros. Este hecho marca el inicio de la actividad del hombre nuevo en vista a Dios y a la inmortalidad.

Este cambio puede producirse progresivamente, por medio de muchos esfuerzos, de trabajos y de intentos, sostenidos con paciencia y tenacidad, gracias también a muchas oraciones con lágrimas, gritos, violencia, dolor y tristeza. En efecto, se trata de una dolorosa doble operación de muerte y de parto, expresada con una misma palabra en la Biblia [3]: son por un lado los dolores de la muerte del hombre viejo recalcitrante que se opone con todo su ser y, por el otro, los dolores de parto del hombre nuevo. Estos implican una inmensa transformación del ser que el hombre sufre fatigosamente, porque renace imagen de su Creador en la justicia y en la santidad de la verdad. Las fuerzas repulsivas requeridas para expulsar al hombre viejo y las fuerzas de atracción necesarias para poner en obra al hombre nuevo superan las capacidades humanas. Es como si el ser humano debiese emprender la lucha contra sí mismo y darse a sí mismo muerte. Si no hubiese sido por las cualidades excepcionales del hombre nuevo, el nuevo nacimiento habría sido imposible. Pero Dios le ha creado para que viva, para que domine y nada pueda impedirle vivir. Las fuerzas vitales del hombre nuevo superan las actitudes recalcitrantes del hombre viejo, con un poder invencible que la persona percibe con admiración, preguntándose de dónde le viene esta ayuda y por qué antes estaba escondida. Él tiene la impresión de haber sido liberado de lo que le obstaculizaba y comienza a percibir como el eco de una voz que lo llama desde lo íntimo de su ser y que lo invita a la travesía.

Sin embargo, este mismo cambio puede también producirse de improviso –como testimonia la experiencia de muchos- sin esfuerzo ni dolor, como un despertar luego de un profundo sueño. Al momento de nacer, el ser nuevo espera solo un impulso de la gracia, un movimiento de fe ardiente en el corazón. Entonces se despierta, se manifiesta y suscita el asombro y la admiración. Se dice entonces que tal se ha “renovado”, se ha transformado. Él mismo percibe bien que algo ha cambiado en su ser, en su físico, en su mismo cuerpo. Su voz, su entonación, la expresión de su rostro tienen algo nuevo. Una alegría serena inunda su corazón y brota por su rostro y por todo su ser. La calma interior colma toda su vida: todos signos de que un nuevo nacimiento  en el Espíritu ha sucedido efectivamente. El hombre se siente lleno de nuevas energías espirituales que le parecen venir de lo alto pero que, en realidad, tienen su origen en el interior, en la esencia misma de su creación y de su herencia celestial.


La fisonomía espiritual del hombre nuevo

Sea que este cambio o esta renovación con el cual cada uno es efectivamente convertido en un hombre nuevo, se haya producido a raíz de esfuerzos, fatigas, oración y perseverancia, o que haya sobrevenido imprevistamente como un brusco despertar en razón del cual todo ha sido cambiado, resulta que los rasgos del hombre nuevo, en los diversos casos, son cercanísimos los unos a los otros. En efecto el hombre nuevo es, a nivel general en todos los individuos, la imagen espiritual de Cristo, o para usar una expresión de Pablo, todos han sido revestidos de Cristo. Así, la simplicidad del corazón, la alegría, la sabiduría, la inspiración, la gracia, la lucidez y la palabra espiritual que edifica al alma, son igualmente rasgos comunes a todos los que han reconocido su hombre nuevo y que viven en él. Estos rasgos espirituales comunes testimonian el realismo del segundo nacimiento de lo alto que Cristo ha instaurado en nuestro mundo. Y esto prueba que  su venida al mundo, su encarnación, la redención que ha realizado con su pasión, cruz, muerte y resurrección han sido todas profunda, total y definitivamente destinadas a la nueva creación espiritual de la humanidad, para prepararla a la última transfiguración divina de su ser, en la cual ésta vivirá la vida eterna con Dios para siempre.

Y es así que nosotros percibimos, sentimos  y atestiguamos la realidad de esta creatura nueva, secretamente recibida en el bautismo. Ésta estaba sepultada en nuestro corazón y no éramos conscientes, hasta el día en el cual hemos sido capaces de asumir esta realidad. La hemos llamado y ésta ha salido a la luz del sol, para que quien la ve atestigüe esta realidad.

A través de esta nueva creación, se afirma la Iglesia auténtica, rica de todos los dones que estaban escondidos. Ésta se vuelve visible y evidente en todos los que han recibido la gracia de reencontrar su nueva creatura espiritual.

Y tú, querido lector, estás invitado a entrar en el número de aquellos que se han adornado de  la persona de Cristo, para volverse una esposa transfigurada para la gloria del Hijo.


Volver al corazón, sede de los tesoros divinos.

Con un poco de penetración y de profundidad espiritual, nosotros percibimos en el corazón renovado el secreto de la verdadera puerta, el secreto del camino. ¿No nos ha dicho Pablo: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo” (Gal 3, 27)? Si por tanto Cristo se encuentra verdaderamente en el hombre nuevo espiritual, éste posee en sí, por consecuencia, el secreto de la puerta (cf. Juan 10,7), el secreto del camino (cf. Juan 14,6). En el interior del hombre nuevo se realiza por tanto el encuentro, la acogida, la unión y la comunión “para que nuestra alegría sea perfecta” (1 Juan 1, 4). ¿No tenemos por tanto ya en nosotros a Aquel que es la vida eterna? ¡Si poseemos ya la presencia de Cristo en nosotros, poseemos por consecuencia la vida eterna y la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo y nuestra alegría es ya perfecta, según el mensaje de Juan, en el cual él atestigua haber obtenido realmente esto!

La vida se ha hecho visible, nosotros la hemos visto y de esto damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y se ha hecho visible a nosotros. Lo que hemos visto y hemos oído nosotros lo anunciamos también a vosotros, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Les escribimos estas cosas, para que vuestra alegría sea perfecta (1 Juan 1, 2-4)

Esto es prueba y confirmación de la palabra del Señor Jesús, por la cual él es digno de ser bendecido y exaltado: “El reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21).

No es por tanto con la reflexión, el estudio y el esfuerzo intelectual que encontraremos a Cristo y que llegaremos al reino y a la vida eterna. Ésta es una ilusión en la cual hemos vivido por siglos,  es tiempo de reconocer que Cristo está en nosotros y que la vida eterna se encuentra en nuestros corazones. ¿Qué decir entonces? Que es necesario retornar al corazón y concentrar allí nuestra fe, nuestra oración y nuestra esperanza. En efecto es en el corazón que se manifiesta el hombre nuevo, la nueva creatura celestial de lo alto, dotada de la presencia de Cristo, del Espíritu y de la vida eterna.

Quien ha encontrado su hombre nuevo, ha encontrado la redención, la salvación, la vida eterna y el fin último de todas las cosas. Nada más le falta de las obras de Dios. He aquí que Dios ha depositado en nuestro corazón el secreto del nuevo acto creador, con todo lo que comporta en gracias y dones. ¡Qué inmensa riqueza y qué inmensa gloria!

Deja por tanto de lamentarte, de gemir y de compadecerte a ti mismo. Dios no nos ha abandonado a nosotros mismos y no ha dejado que hagamos frente a la vida con nuestra vieja naturaleza y nuestra creatura de polvo. Él no ha sido injusto en el exigir de nosotros una virtud celestial, mientras todos nuestros instrumentos y nuestras armas eran de este mundo de polvo. No nos ha pedido conocerlo, creer en él, obedecerle y amarle, dejándonos a nuestras solas capacidades terrenas, corruptibles e insuficientes. No nos ha exigido la oración continua y la vigilancia espiritual, dejándonos a la incapacidad de nuestras armas de polvo. No nos ha pedido amar a nuestros hermanos “con un corazón verdadero” (1 Pedro 1, 22), ni de amar a nuestros enemigos, mientras todo lo que conocíamos del amor se limitaba al amor carnal, fundado sobre el instinto animal propio de esta naturaleza de polvo. Sino que en previsión de lo que estaba por pedirnos –y es necesario reconocérselo- Dios ha depositado en nuestro corazón una creatura humana enteramente renovada, que no tiene más nada que ver con el polvo del suelo, sino que es de naturaleza celestial, de la misma naturaleza del cuerpo de Cristo resucitado, con el cual ha vencido al pecado, pisoteado a la muerte, aniquilado al demonio y se ha elevado de la tierra, alejándose de este mundo mortal y efímero. Esta naturaleza nueva es rica de los dones del Espíritu, de las armas de la gracia, del espíritu de oración, del amor divino perfecto y de la humildad propia de la infancia espiritual.

Cristo nos ha por tanto provisto de su mismo cuerpo, de su Espíritu, de su amor y de su victoria. Ha depositado en nuestros corazones esta creatura nueva y nos ha puesto su sello hasta el día en el cual lograremos reconocerla para vivir de ella. Resulta por tanto que nos ha donado mucho más de cuanto nos exige.

De tal modo, ya que tenemos a Cristo en nosotros, no somos más extraños en las relaciones con el Padre. El cielo no está más lejano de nosotros sino que se ha vuelto nuestra patria que nos espera más de cuanto nosotros la anhelamos y nuestra parte está allí guardada junto a nuestra herencia.


¡No perdamos el tiempo en nuestra vieja condición!

Aparece evidente que Dios no nos ha creado para que viviésemos en nuestro hombre viejo insuficiente y efímero, lamentándonos de nuestro pasado y del tiempo perdido en ocupaciones inútiles, sufriendo de nuestra impotencia, de nuestra insuficiencia y de nuestros pecados vanos que incluso están ya perdonados, deplorando nuestra condición. Cada vez que leemos el evangelio encontramos que un abismo nos separa del ideal evangélico y nos sentimos inertes, incapaces de obedecer a los mandamientos, grandes y pequeños. Entre nosotros y la pureza o la santidad levantamos una barrera de desesperación que no osamos sobrepasar. Alabamos a los santos y a las santas y maldecimos nuestros días que transcurren vacíos de sentido, privados del fruto espiritual que pueda ser presentado a Dios. Viviendo en nuestro hombre viejo, lloramos nuestra muerte y lloramos a nuestros muertos que han vivido como nosotros según el hombre viejo. Los sepultamos, rodeados de desesperación, y nos consolamos con palabras que no creemos verdaderamente, diciendo que se van al cielo a heredar el reino. Pero la palabra del evangelio nos desmiente: “Si uno no renace de lo alto, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3,3), ya que “lo que es corruptible no puede heredar la incorruptibilidad” (1 Cor 15,50). El reino es el privilegio de los que han vivido como hombres nuevos, como creaturas nuevas cuya patria es el cielo.

Así perdemos el tiempo inútilmente. Sin embargo, si alzamos los ojos veremos ante nosotros numerosos ejemplos de personas que viven la vida nueva. Antes de pasar al otro mundo, ellas han ya pasado de la vida del  viejo cuerpo con sus obras de muerte, a la del cuerpo nuevo espiritual, que lleva las improntas de Cristo. Con la boca dan testimonio de la vida eterna y sus ojos están llenos de esperanza. Todas sus palabras y sus gestos irradian simplicidad y caridad. Colman su tiempo de buenas obras, de palabras que testimonian a Cristo y de oraciones espirituales eficaces que manifiestan la presencia del Espíritu Santo y dan gloria a Dios. Pasan sus días en la alegría y se van al otro mundo coronados de gozo y habiendo glorificado a Dios con su vida y su muerte.

Por esto, Dios no ha sido injusto con nosotros y no nos ha encerrado en este viejo cuerpo y en esta creatura terrestre hecha de polvo. Delante de nuestros ojos son numerosos los que han superado esta condición antigua y que han recuperado su creatura nueva, sepultada en el corazón de cada uno. Ésta es el templo de Dios y el Espíritu de Dios nos habita (cf. 1 Cor 3,16; 6, 19). Dios espera por tanto que nosotros pongamos fin al reino de la mediocridad y del tiempo perdido, para que comencemos el trabajo de parto, con gemidos, oraciones y lágrimas, para que se manifieste en nosotros el hombre nuevo, objeto de la promesa y de la alianza y nosotros vivamos el evangelio plenamente, según el designio eterno de Dios, en la alabanza, en la adoración, en la acción de gracias y en la alegría.

Ésta es pues la vida que Dios nos ha otorgado, a precio del sacrificio de su Hijo, muerto sobre la cruz y resucitado, para que nosotros viviésemos en él y con él de su misma resurrección.
   
Matta el Meskin.
Il cristiano: nuova creatura
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano, 1999. Pp. 85-94



   
Notas:

[1] Nos distanciamos de la Biblia CEI y se sigue a la letra al autor (corresponde a la versión de los LXX).

[2] La Biblia CEI traduce: “íntegro”.

[3] Los trabajos de parto (cf. Rm 8,22) y la agonía de la muerte (cf. Hechos 2,24) son expresados en griegos por el mismo término.




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