Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 11 de junio de 2018

Comparecer ante Dios


P. Matta Meskin


¿Cuándo iré y veré el rostro de Dios? (Sal 42,3)

En él nos ha elegido antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él, en el amor. (Ef 1,4)


“Santos e irreprochables ante él en el amor”

Ser santos e irreprochables ante Dios en el amor no es presentado aquí como una condición de salvación, sino como uno de los componentes esenciales de la naturaleza humana, inherente a su creación según el plan preestablecido por Dios antes de la fundación del mundo. En otras palabras, el deseo de Dios de que el hombre sea “santo e irreprochable en el amor” deriva de la creación misma del hombre por parte de Dios, por hacerlo una creatura digna de comparecer ante él. No es pues una virtud para buscar y para adquirir con el esfuerzo, sino un don enraizado en nuestra naturaleza nueva, querida por Dios ante de la fundación del mundo.

En otro pasaje, Pablo reafirma explícitamente esta verdad, dirigiéndose a los cristianos de la gentilidad. Estos han recibido esta naturaleza nueva gracias a la obra de Cristo:

Y a vosotros que, por vuestros pensamientos y malas obras, fuisteis en otro tiempo extraños y enemigos, os ha reconciliado ahora, por medio de la muerte de su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprochables [1] delante de Él. Todo ello con tal de que permanezcáis sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio. (Col 1, 21-23)

Hemos pues recibido la gracia –de comparecer ante Dios santos e irreprochables- como un don de Cristo.

Y ahora, ya que hemos adquirido efectivamente, con el nuevo nacimiento del agua y del Espíritu, la nueva creación, prevista por Dios desde toda la eternidad, “antes de la fundación del mundo”, es necesario que busquemos tener conciencia de esta gracia cuando estamos  ante Dios. Esto requiere la superación de la situación de insuficiencia en la cual nos encontramos, agobiados por el viejo cuerpo que oprime con todo su peso al hombre nuevo espiritual que sentimos palpitar en el corazón. Sin embargo, en los momentos de fervor espiritual, nos es posible gustar esto y experimentar la gracia del acceso a la presencia de Dios. Tal gracia nos es dada por algunos instantes solamente, ya que a decir verdad lo que nosotros vivimos al presente por medio del Espíritu en el cuerpo nuevo nos es dado como prenda y no como posesión. Aquí abajo nosotros tenemos siempre solo la anticipación de lo que gozaremos de modo permanente allá arriba, cuando sean quitados los obstáculos: el cuerpo viejo y el tiempo.

De todos modos, esto no depende de nosotros. Depende de los dones concedidos al hombre nuevo espiritual cuando se despliegan durante la oración. Estos dones del hombre nuevo son la expresión de la gracia de Cristo, por medio de la cual obra el hombre nuevo. Nuestro acceder a la presencia de Dios o el hecho de encontrarnos cercanos a Él, tiene  su primer origen en el hecho de que “el Señor está cerca” del hombre (cf. Fil 4,5) y en el hecho de que todo el que ha creído, habiéndose bautizado y habiendo recibido la creación nueva a través del segundo nacimiento bautismal, se ha revestido de Cristo, como afirma Pablo (cf. Gal 3,27). Ha recibido, por consecuencia, lo que es propio de Cristo y en él se ha realizado la palabra: “Es en Cristo que habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad y vosotros tenéis en él parte de su plenitud” (Col 2,9).

Aunque estar en la presencia de Dios sea por derecho la condición permanente del hombre nuevo, con motivo de la gracia de Cristo que obra en nosotros para acercarnos a Dios y mantenernos ante él santos e irreprochables en el amor, sin embargo en los inicios estar en su presencia no llega a cubrir un gran espacio de tiempo. Dura solo un instante fugaz que no se puede reiterar a voluntad, ni sobre la base de la experiencia que se ha tenido, ni sobre la base de nuestro mérito o de las capacidades personales. Esto no depende de nuestra iniciativa, como si pudiésemos por nosotros mismos acercarnos a Dios y permanecer ante él por horas.  El acceso a la presencia de Dios comienza por la iniciativa de Dios mismo, ya que es él quien nos hace dignos de estar en su presencia, en la santidad, irreprochables en el amor. Cuando Dios se manifiesta a nosotros como Padre, en aquel instante recibimos de él el Espíritu de filiación y estamos ante él en la santidad, irreprochables en el amor, gracias a una fuerza que nos viene de él y que nos inviste como con ondas de luz que nos atraviesan y nos envuelven, al modo de la nube luminosa que ha cubierto a los discípulos en el momento de la transfiguración.

Pero luego todo esto termina y nos encontramos en nuestra debilidad. La santidad irreprochable en el amor no es más que una aspiración, un anhelo, un estado lejos de nuestro alcance. La iniciativa de Dios de acercarse a nosotros –“El Señor está cerca”- y su manifestación como Padre solo duran un instante en el cual nos sentimos efectivamente cercanos a él, gozando ante él de la adopción filial, de la santidad y del amor irreprensible.

Si nuestra insuficiencia no fuese protegida por Cristo, nosotros no podríamos absolutamente estar en la presencia de Dios ni encontrarnos ante él. En nuestro acceder a Dios, Cristo ocupa el rol de la mano divina que nos protege para que nosotros veamos el rostro de Dios pero, a través de Cristo, podemos ver “las espaldas” de Dios (cf. Ex 33,23), es decir contemplar su gloria:

Y nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos. Así es como actúa el Señor, que es Espíritu” (2 Cor 3,18)

Y esto nos basta, ya que “quien me ha visto ha visto al Padre” (Juan 14,9).

De nuestro acceder a la presencia de Dios, protegidos por Cristo, recibimos cuanto es necesario para reforzar a nuestro ser nuevo, que está aún aprendiendo a caminar. Sus facultades latentes son puestas en obra y su fuerza se renueva, para que pueda afirmar su existencia a pesar de las contradicciones de este mundo y de la pesadez e indocilidad del viejo cuerpo. En efecto, aquí abajo nosotros no estamos en nuestra casa, somos extranjeros y debemos proveernos de oración para la travesía.


Dios busca adoradores en espíritu y verdad

Por otra parte, una invitación celestial llega a fortalecer nuestra esperanza y a estimular nuestra audacia espiritual y nuestra aspiración a estar más intensamente en presencia de Dios y a avanzar siempre más hacia él. Esta invitación nos llega de la boca misma de Cristo: “Dios es Espíritu, y aquellos que lo adoren deben adorarlo en espíritu y verdad… porque el Padre busca (o exige) tales adoradores” (Juan 4,24.23). Este deseo o esta “exigencia” del Padre es una posibilidad suplementaria que viene a añadirse a la potencialidad del hombre nuevo, implantada en él para hacerlo apto para estar en la presencia de Dios, en la santidad e irreprochable en el amor.

Pues cuando Cristo afirma que el Padre exige tales adoradores en espíritu y verdad, nosotros comprendemos rápidamente que la invitación a acercarse a Dios y a encontrarlo está determinada por el deseo de Dios mismo: es un deseo que le acucia. Dios mismo exige que nosotros respondamos a su invitación personal. Este solo hecho basta para elevar nuestro andar a Dios mediante la oración y la adoración, del plano de la simple aspiración humana a estar ante Dios y a acercarnos a él con la oración, al plano de la exigencia explícita, por parte de Dios, que no solo nosotros estemos ante él sino que tengamos acceso a su presencia y a la adoración en espíritu y verdad.

Con su afirmación de que Dios exige tales adorares “en espíritu y verdad”, Cristo ciertamente pretende llamar a la existencia consciente al hombre nuevo, que posee ya en potencia, en Cristo, el Espíritu y la verdad, para hacerlo vivir desde ahora su relación esencial con Dios, como por orden divina, que es más que un precepto: es una exigencia por parte de Dios.

Por tanto, cuando ahora nos acercamos a Dios y nos ponemos en su presencia en la oración, no es una osadía por parte nuestra, sino es para responder a una invitación celestial, o más bien a la exigencia de Dios que nos acerquemos a él para adorarlo en espíritu y verdad, es decir con la audacia de la creatura nueva creada por nosotros en Cristo. Ya que tenemos pues, en nuestro acceder a la presencia de Dios, la certeza de ser agradables a causa del mérito de Cristo que nos ha sido atribuido, nosotros nos encontramos santos e irreprochables ante él en el amor. En efecto, cuando nos presentamos ante Dios, es siempre sobre la base de nuestra comunión con Cristo, su Hijo, en el cual somos elegidos y adoptados como hijos para responder a la voluntad de Dios (cf. Ef 1, 4-5). Es un deseo, una exigencia paterna, a la cual nosotros respondemos en cuanto hijos, en la ternura filial de Cristo.

Pero la cuestión que atrae vivamente nuestra atención es esta: ¿por qué Dios exige adoradores en espíritu y verdad? Es la primera vez que escuchamos decir que Dios busca algo para sí mismo. La respuesta nos es dada por la palabra inspirada de Pablo: “Nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos por obra de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad” (Ef 1, 5-6).  A tal punto Dios insiste en que nos presentemos ante él como sus hijos, “según el beneplácito de su voluntad”, es decir para su alegría. Y el colmo es que Dios busca tales hijos para que lo adoren en espíritu y verdad. Esto es impresionante: infinitamente glorioso, adorado por millares de millares y por miríadas de miríadas de ángeles que se postran ante él en alabanza de su gloria, Dios se distrae de todo este clamor celestial para centrar su atención sobre el hombre, en el cual su ternura encuentra reposo. Lo llama y le pide con insistencia presentarse ante él para adorarlo en espíritu y verdad, ¡para su beneplácito paternal! ¡Sorprendente maravilla!

Y esto nos hace comprender  por qué Dios nos recubre de santidad, casi con sus mismas manos, a fin que, irreprochables en el amor, nos acerquemos a él y nos presentemos ante él: ¡es para realizar en nosotros el beneplácito de su voluntad! Esto nos da paz y nos reconforta porque, de otra manera, ¿cómo podríamos adquirir la santidad y ser irreprochables en el amor para estar ante Dios? Pero Dios, que sabe bien aquello que pide y que conoce también la incapacidad de nuestro ser de polvo, en anticipo ha trazado en la imagen original de su primera creación del hombre la que sería la “santidad irreprochable en el amor”. Se dice en efecto del hombre renovado que es “creado según Dios en la justicia y en la santidad de la verdad” (Ef 4, 24). Tal es nuestra naturaleza, de la que con razón nos gloriamos ante los ángeles de Dios.


Alegría de Dios, alegría del hombre

Todo esto nos compromete y nos obliga a rever nuestros modos de pensar y nuestras convicciones sobre la oración y sobre la necesidad de acercarnos a Dios, de presentarnos ante él y de adorarlo en espíritu y verdad, con el hombre nuevo, después de haber descubierto que en esto reside la alegría y el beneplácito de Dios y que es Dios mismo que nos invita a esto, más bien que exige esto para nosotros para su propia alegría, “según el beneplácito de su voluntad”.

Por consecuencia acercarse a Dios, presentarse ante él y adorarlo en espíritu y verdad se convierte en una obra de primaria urgencia que afecta a Dios mismo, para su beneplácito. Ésta no puede pues limitarse a algunos instantes, sino que es necesario consagrarle la vida entera, en el sucederse de los días y de los años, ya que esto alegra el corazón del Padre. La oración a las distintas horas se vuelve entonces la ocasión de completar la alegría de Dios con el retorno continuo de los hijos al corazón de su Padre, para alegrarse con él y para que él se alegre de ellos: “dejad que los niños vengan a mí y no se los impidáis” (Mc 10, 14), “sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18, 10).

Esto causa que cuando nosotros nos abstenemos de acercarnos a Dios por un falso temor, una falsa vergüenza o con el pretexto de nuestro pecado y de nuestra indignidad, nosotros, de hecho, nos escudamos detrás de justificaciones falsas que no son de Dios, que no corresponden a su voluntad y no tienen nada que ver con la realidad de la obra de santificación que él desea cumplir en nosotros. Son escapatorias del hombre viejo, que desea apartarse del rostro de Dios y que en vista de esto usa engaños y artimañas, ¡porque el hombre nuevo en él reclama con ímpetu el rostro de Dios! La ausencia del hombre lejos de Dios es como la de un hijo pródigo cuyo extravío se prolonga, o más precisamente como la ausencia del amor filial lejos del corazón del Padre. Es la dureza del hijo insensato que desconoce la ternura paterna y se hunde aún más en su extravío lejos del corazón del Padre. Éste, no obstante, continúa siempre esperando el retorno de su hijo.

Las actitudes de la nueva creación pretenden hacer al hombre digno de estar ante Dios. Se dice del hombre nuevo que él es “creado según Dios en la justicia y en la santidad de la verdad” (Ef 4,24), para presentarse ante Dios y adorarlo en espíritu y verdad. Tal es la relación del todo particular que une al hombre nuevo a su Creador, una relación que pretende comunicarle la capacidad de ser “santo e irreprochable en el amor”, a fin de que esté siempre pronto a estar ante Dios para cantarle “a la alabanza y gloria de su gracia, que nos ha dado en su Hijo querido” (Ef. 1, 6), con el fin de realizar “el beneplácito de su voluntad”.

Esto explica el sentido de felicidad que experimenta el alma que se compromete en el camino de la oración. ¿De dónde le viene esta alegría y esta felicidad que le invaden el corazón apenas ella está ante Dios para adorarlo? Es como una ola de alegría mística que atraviesa el alma y que aumenta en la medida en que ella se compromete más a fondo en la oración y persevera más tiempo en el presentarse ante Dios y en el estar en su presencia. Esto depende en realidad de la complacencia de la voluntad divina que se refleja sobre el alma. Ella se encuentra envuelta en esta alegría del Padre, aunque no percibe siempre la fuente. En efecto, el hombre no tiene conciencia de presentar algo y tampoco de ser digno de comparecer ante Dios. ¿De dónde pues le viene esta felicidad inexplicable, esta beatitud que invade todo su ser? En realidad es la exultancia de la voluntad divina que se refleja sobre el alma y la rodea de la ternura inefable del Padre.

¿Esto no quiere decir por tanto que el hombre nuevo o que la nueva creación del hombre en Jesucristo es provista de estas altas prerrogativas espirituales para permanecer siempre con Dios? Nosotros gustamos las primicias ya desde ahora en aquellos momentos de adoración durante los cuales nos presentamos ante Dios santos e irreprensibles en el amor, aunque solo fuese por unos instantes, como prenda de una comunión auténtica con el Padre y con su Hijo Jesucristo, anticipada en este mundo por la oración y por la adoración.

Y esto nos revela la razón profunda de la insistencia de Cristo sobre la necesidad de la oración. ¡Él mismo ha dado el más bello ejemplo de esto retirándose a la montaña para pasar toda la noche en oración! Lo que para nosotros es el momento de la oración, para Cristo es un pasar toda la noche orando a Dios (cf. Lc 6, 12). ¡Él quería con esto manifestarnos la amplitud de la capacidad de dialogo con Dios que nos es otorgada en él! Cuando él pide “orar siempre” (Lc 18,1), pretende que multipliquemos los momentos de nuestra oración para hacernos experimentar la presencia continua ante Dios. Y cuando dice que es necesario “orar sin desfallecer” (Lc 18,1), su intención es de dar unidad a los instantes de oración para hacernos gustar la comunión continua con Dios. Y cuando relata las parábolas de la oración insistente (cf. Lc 11, 5-8; 18, 1-8), abre ante nosotros el camino de acceso a la presencia de Dios con la certeza de ser escuchados. Cuando menciona a aquellos que “gritan hacia Dios día y noche” (Lc 18,7),  revela la llama del Espíritu que sobrepasa todo límite.

A través de estos ejemplos y estas expresiones, Cristo ha trazado diversos modelos del encuentro del alma humana con Dios y de sus esfuerzos por vencerse con el fin de perseverar en la presencia de Dios a pesar de todo obstáculo. Es en esto que ella encuentra el propio placer o más bien que ella completa el beneplácito mismo de Dios. De tal modo, en efecto, se realiza nuestra comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, “para que nuestra alegría sea perfecta” (1 Jn 1, 4), unida a la alegría del Padre en nosotros.


“En el amor”

Dios ha depositado en lo profundo de la nueva creación lo que él tiene de más precioso en su ser mismo. Mediante este elemento divino del amor, Dios atrae y une a sí la creatura humana sin que ésta se dé cuenta. La actitud del hombre se convierte, por consecuencia, en un estar ante Dios “en el amor”. En cuanto a la santidad irreprochable, ella es comprendida en este amor divino inscripto en la naturaleza misma del hombre nuevo, como un instinto espiritual. ¡Cuánto debemos dar gracias a Dios y alabarlo por este don extraordinario y sin igual! Él ha depositado en la naturaleza misma del hombre nuevo, creado según Dios en la santidad y en la justicia de la verdad, el instinto del amor divino, que es puesto en obra por una secreta intervención de Dios y no por un esfuerzo por parte del hombre. De tal modo el hombre espiritual se encuentra, en su camino hacia Dios, vivamente atraído hacia él, gracias al amor que obra en su propio ser a sus escondidas, pero del cual percibe los signos evidentes: a veces el corazón se inflama en la oración delante de Dios a tal punto que pierde la conciencia de sí. Otras veces son gritos y lágrimas incomprensibles de las cuales ignora el origen o la causa. En realidad es el despertar del amor divino enraizado en el corazón, cuando no llega a expresarse con palabras y recurre al grito y a las lágrimas para desahogar el exceso de su alegría: aquella alegría que ha invadido el alma cuando se le ha manifestado la paternidad divina y su amor filial ha encontrado el amor del Padre sin obstáculo. Es el instante del encuentro vivo con Dios, en el cual nos encontramos de repente ante él.

En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo, para que nosotros tuviésemos vida por él. En esto está el amor: no hemos sido nosotros los que hemos amado a Dios, sino que es él que nos ha amado y ha enviado a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados. (1 Jun 4, 9-10).

El amor procede de Dios (1 Jn 4,7)

Por esto resulta que Dios no ha dejado que fuésemos nosotros por sí solos los que tomáramos la iniciativa de amarlo, de adorarlo, de estar en su presencia o de acercarnos a él. Ya que esto sería para nosotros extremadamente difícil, mejor dicho irrealizable. Sabemos en efecto por experiencia cuanto nos cuesta, en los tiempos de relajamiento y de ausencia del Espíritu, acercarnos a Dios por la oración o la adoración. Es como si necesitáramos ir contra nosotros mismos para poder terminar nuestra oración. Solo con gran trabajo el alma logra impedir a sí misma de sustraerse a la oración o de dejar de permanecer ante Dios. Pero desde el momento en el cual la nueva creatura en nosotros comienza a manifestar su presencia y el hombre nuevo espiritual se despierta y comienza a desarrollar su actividad, sucede que el temor de acercarse a Dios cesa inmediatamente y que la tendencia a sustraerse a la oración deja el lugar a una viva fuerza de atracción. Es como si una fuerza inmensa nos impulsara a perseverar en la oración y en la adoración. Es el amor de Dios en nosotros.

Entonces si un impedimento sobreviene privando momentáneamente al hombre de la oración, éste percibe como una voz interior que lo llama: es el amor de Dios en nosotros. Advierte una inclinación interior que lo impulsa vivamente a volver hacia Dios: es entonces la fuerza de atracción del amor de Dios en nosotros. Y cuando vuelve de nuevo a estar en la presencia de Dios, tiene la impresión de que Dios estuviese siempre allí esperándolo. Así él retoma la oración con un vivo deseo. Se da a la adoración y se abandona al amor de Dios como un hijo que, después de haberse alejado del Padre, lo encuentra finalmente y se lanza a sus brazos.

Es por tanto bien evidente que este elemento de amor divino enraizado en lo profundo del hombre nuevo es el principal factor que estimula la relación del hombre con Dios. Si este elemento falta, a causa de la influencia del viejo cuerpo, se vuelve extremadamente fatigoso estar ante Dios para la oración, para la adoración o simplemente para entretenernos con él. Esto exige una dura lucha, de la cual se sale normalmente vencido: se abrevia la oración aduciendo pretextos ilusorios, falsos e inexistentes, para sustraerse de la presencia de Dios.

Pues resulta que el amor es el elemento divino enraizado originariamente por Dios en la naturaleza misma del hombre nuevo a fin que, cuando este elemento llegue a la plenitud de su desarrollo, de sus efectos y de la manifestación de sus dones, el hombre reciba la existencia sin fin en compañía de Dios, para alabarlo por siempre en una relación de amor eterno.

Cristo nos ofrece una visión sublime y maravillosa de este amor divino paterno que une al hombre a Dios:

Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido. Estos saben que tú me has enviado. Y yo les he dado a conocer tu nombre y lo seguiré dando a conocer, para que el amor con el cual me has amado esté en ellos y yo en ellos. (Jn 17, 25-26).

Es  verdaderamente algo inimaginable: ¡el Padre nos comunica su amor por el Hijo, aquel amor que es lo más sagrado en la relación entre el Padre y el Hijo!


“Santos e irreprochables”

Si hemos anticipado el tema del amor sobre el de la santidad irreprochable, es porque esto lo requiere tanto el sentido del versículo como el de la realidad de las cosas. En efecto ser santos e irreprochables sin el amor no nos habilita en absoluto a acercarnos a Dios o a estar en su presencia. Solo el amor es el polo de atracción que atrae al alma humana hacia el objeto de su amor. Por lo tanto, desde el mismo plano de la construcción de la frase, santos e irreprochables son atributos subordinados al amor: “para ser santos e irreprochables … en el amor”.

En cuanto a la santidad del amor, ésta consiste en el concentrar el amor en Dios solo. Cristo ha hablado de esta consagración del amor a Dios solo –que equivale a la santidad del amor- cuando ha pedido amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Entonces en el corazón, en el alma o en la mente no queda más amor por ninguna otra cosa y por ninguno otro, fuera de Dios. Es entonces que se extingue en el corazón toda pasión carnal o mundana y que se desvanece toda inclinación al amor “psíquico” por los otros, cualesquiera que sean. Y al final desaparecen los pensamientos y los sueños que el hombre acariciaba y que lo mantenían día y noche lejos de Dios. Es así que el amor se santifica y consagra a Dios solo todo el corazón, el alma y la mente. ¡El hombre entonces se presenta ante su Señor con la tierna confianza de un hijo delante de su propio padre!

En la expresión irreprochable, es decir “a quien no se le puede hacer ningún reproche”, el reproche es el de la conciencia, que deriva de la ley. La conciencia representa la voz de Dios en el interior del hombre. Ésta es testimonio en él, en su interior, de la ley de Dios y censura sus acciones y todo su comportamiento. Es ella la que sugiere al hombre si puede presentarse ante Dios, adorarlo y orarle, o si no puede, por algunas razones que la conciencia conoce bien y que aduce contra él, si éste osa de igual modo presentarse ante la presencia de Dios. Por consecuencia, cuando la conciencia es liberada de lo que ha causado el reproche, o más bien del reproche en cuanto tal, y es por el contrario sostenida por lo que la alienta a presentarse ante Dios, nada más le impide, en el interior del hombre, de estar en presencia de Dios por la oración.

Pero, la experiencia de la humanidad, a través de toda su existencia terrena, muestra que ningún hombre, cualquiera que sea su reputación de santidad, ha adquirido una conciencia absolutamente irreprochable. Más bien, al contrario, cada uno de los santos en definitiva se golpea el pecho y reconoce ser indigno de estar irreprochable ante Dios. Pero cuando Cristo vino y se hizo cargo de los pecados de la humanidad y de toda su impotencia y de su insuficiencia, cuando ha expiado estos pecados con el propio sacrificio, él ha purificado al hombre integralmente, cuerpo, alma y espíritu. Ha purificado por tanto la conciencia del hombre de todo reproche y de todas las “obras muertas”:

¿Cuánto más la sangre de Cristo, que con un Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras muertas, para servir al Dios viviente? (Heb 9, 14)

De igual modo, cuando es dicho que nosotros somos recreados “según Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad”, la “justicia” significa ausencia de todo reproche, ya que el justo es aquel que está “sin reproche”, irreprensible ante Dios. Con nuestra nueva creación hemos sido por tanto liberados para siempre de todo reproche de la conciencia y de todo reproche de la ley, para presentarnos ante Dios, entrar en su intimidad y ofrecerle nuestro amor y nuestra oración. En lugar del reproche, Dios ha enraizado en nosotros la tierna confianza de los hijos ante el amor de su Padre.


“Ante Él”

El camino más delicado y más inquietante que se le ha dado al hombre para transitar durante su existencia terrena es justamente el de presentarse ante Dios. La visión de la temible majestad de Dios hace temblar a todo ser humano y también a toda creatura espiritual, por más sublime que sea. El profeta Isaías relata la experiencia que tuvo de la visión de Dios, que muestra bien qué significa presentarse ante él y cuán temible es su majestad:

En el año de la muerte del rey Ozías, yo vi al Señor sentado en un trono elevado y excelso, y las orlas de su manto llenaban el Templo. Unos serafines estaban de pie por encima de él. Cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, y con dos se cubrían los pies y con dos volaban. Y uno gritaba hacia el otro: “¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos! Toda la tierra está llena de su gloria.” Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz y la Casa se llenó de humo. Yo dije: “¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros; ¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!” (Is 6, 1-5)

Después de esta experiencia de Isaías, ¿quién pues podría tomar a la ligera el hecho de acercarse a Dios, de comparecer ante él o de verlo? ¡A pesar de todo esto Dios, recreando al hombre, ha depositado en el fondo de su naturaleza la capacidad de ser santo e irreprochable en el amor, para hacerlo digno de estar ante él! Por otra parte, nosotros hemos aprendido de la boca misma de Cristo que Dios, sobre la base de las actitudes de la nueva naturaleza que ha ofrecido al hombre, “exige” que seamos adoradores en espíritu y en verdad. De hecho, haciéndonos santos e irreprochables en el amor, Dios nos ha hecho dignos de comparecer ante él y de adorarlo, sin temer a su presencia, ni ser aterrados por su majestad. El hombre puede así acercarse a Dios para ofrecerle su amor y su ternura filial y realizar, por esto mismo, el beneplácito de la voluntad divina, a través de la adopción del hombre en Cristo.

Sabemos por experiencia que cuando nos presentamos ante Dios por la oración con sentimientos desbordantes de amor filial, todo temor del encuentro con él se desvanece. A tal punto que si nos pasa de ausentarnos de la oración por un cierto tiempo, nuestro corazón está aferrado por la nostalgia de presentarnos de nuevo ante él. Su amor nos atrae en un sentimiento de sentirnos incompletos afectivamente que nos impulsa a volver a él para sentir de nuevo su presencia.  Mientras nos encontramos lejos de él, sin oración, tenemos la impresión de que nuestro amor se ha apagado y que nos falta algo de nuestro mismo ser, algo que no podemos recuperar si no volviendo a ponernos ante Dios. Los días en el cual el hombre nuevo en nosotros está en pleno impulso, un ardor imprevisto nos toma muchas veces al día y nos impulsa con fuerza a estar en oración ante Dios. Y esto puede repetirse muchas veces en una hora sin que nosotros nos sintamos jamás satisfechos.

Es evidente que el hombre nuevo sufre por ser extranjero en esta vida terrena, exiliado en el mundo y en el viejo cuerpo. Esto obstaculiza los movimientos del Espíritu y disipa el calor del amor. No obstante, en la frecuencia de los movimientos en los cuales nos es dado de estar ante Dios para rezar y adorarlo en espíritu y verdad, nosotros encontramos una compensación que nos hace olvidar la aflicción del exilio.


Una última palabra como conclusión

Un amigo me pidió: “Te ruego en nombre de nuestra amistad que me digas una palabra sobre qué es el hombre nuevo”.
Le respondí: “¡La resurrección!”

Con Cristo nosotros hemos muerto, nosotros y nuestros pecados. Con él hemos experimentado la maldición sobre la cruz. En nosotros se ha cumplido el veredicto de nuestra condena, ya que cuando Cristo lo ha sufrido con nosotros, este veredicto se ha cumplido en todo el que crea en él. Luego hemos resucitado con él mediante su resurrección, liberados de la pena de muerte y de la maldición. Hemos recibido con él su cuerpo resucitado, el cuerpo del hombre nuevo para vivir en este cuerpo nuevo con Cristo ante Dios eternamente. Este cuerpo del hombre nuevo es el cuerpo de la resurrección.

Si pues habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba. (Col 3,1)

Con él nos ha resucitado y nos ha sentado en los cielos, en Cristo Jesús. (Ef 2,6)

Estando muertos por nuestros pecados nos ha hecho revivir con Cristo. (Ef 2,5)


Matta el Meskin.
Il cristiano: nuova creatura
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano, 1999. Pp. 115-131




Notas:

[1] La Biblia CEI traduce: “para presentarnos santos, inmaculados e irreprochables en su presencia”.




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